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Entre música y sartenes

La música nos acompaña en el diario vivir y la podemos encontrar en la calle, supermercados, centros comerciales, en el trabajo, etcétera, convirtiendo cada momento en uno especial.

En mi historia de vida, la música ha sido motivo de alegría y la verdad no puedo pasar más de una hora sin escuchar mis bandas favoritas, ya sea en casa, trotando, en bicicleta o en la cocina.

De pequeño mi papá me inculcó el gusto por el rock de las décadas de los sesentas y setentas. Mi viejo es aún un hippie-rockero, hace poco cumplió 60 años y cada vez que lo visito encuentro que su colección de música aumenta y graba los discos en mp3 para que los escuche cuando regreso a Antofagasta. Esa misma música es la que ocupo como “terapia de relajo” en la cocina, claro que  el tratamiento es solo para mí, pues el resto de mis compañeros de trabajo no comparte el mismo gusto de estilo.

El común del cocinero disfruta de las cumbias, reggaetón, melodías románticas y todo el sinfín de música popular de moda que suena en las radios. No me considero cerrado de mente en cuanto  a este tema ya que de todas maneras igual termino bailando merengue o salsa, tecno  e incluso reggaetón al final del turno, sobre todo en la madrugada de los fines de semana. Sin duda es digno de considerar como “terapia”, o mejor dicho “previa” para irse de fiesta con los compañeros.

Recuerdo que en mi práctica laboral, la gente que trabajaba en cocina eran -en mayoría- evangélicos y escuchábamos radios religiosas todas las mañana de  sábados y domingos. Respeto las distintas creencias pero eso era un verdadero suplicio, me sentía casi obligado a ser parte de su mundo y siendo un simple practicante no tienes derecho a cambiar la radio sin antes consultar, pero con el poco carácter que tenía en ese entonces, sólo me hacia el ánimo de aguantar y pensar que durante 8 horas tenía que esperar para salir del trabajo, colocarme los audífonos y disfrutar de lo que me gustaba.

Sin embargo cuando el chef dijo que era tiempo de pasar a cuarto de pastelería por un mes,  la práctica se hizo mucho más agradable. Recuerdo el primer día, el chef pastelero entra al cuarto de repostería y prende su radio, gran sorpresa al escuchar rock, obviamente quedé con la duda porque de verdad salía de todos los parámetros musicales conocidos hasta el momento en el mundo de la gastronomía. Le pregunte porque escuchaba esa música y me dijo: “odio las cumbias y encuentro que son un montón de picantes los del cuarto caliente”, simplemente me largué a reír.

Conservo buenos recuerdos de mi pasantía por pastelería,  la mezcla de música y nuevas recetas fue perfecta,  logré agarrar el gusto a los dulces ya que antes de que eso ocurriera, no me gustaba prepararlos.

Cocina y música coinciden en una conocida frase: “Sobre gustos, no hay nada escrito”. Siento que al cocinar y ver que los comensales disfrutan los distintos platillos en la mesa es como si dieras un concierto y el público aplaudiera eufóricamente al término de cada canción. La música llena el alma, te activa,  marca etapas, momentos buenos o malos y si se puede complementar con tus actividades diarias, resulta mucho mejor.

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29.07.2010 • publicado en Confesiones de un Chef Antofagasta
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