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Jaipur: La ciudad Rosa

Pasaron los días en Delhi y al fin tuve la posibilidad de moverme a través de India, el destino fue Jaipur, capital del Estado de Rajastán, situada al noroeste del país.

Jaipur es esencialmente desierto, la llaman Ciudad Rosa porque el fuerte y todas las fachadas de las casas fueron pintados de ese color por orden del Maharajá en 1876, debido a la visita desde Inglaterra de Eduardo VII.

Esa hermosa característica deslumbró mis ojos y los de muchos  visitantes precisamente al atardecer, ya que el sol junto al desierto se conjugan tornando todo con una tonalidad especial.

Al llegar a Jaipur pensé que mi asombro no sería tan complejo, debido a que toda mi vida ha estado rodeada por el desierto chileno.

Mi sorpresa fue mayúscula, el calor era insoportable con 40 o más grados de temperatura, caminar a través de sus calles o visitar mercados era simplemente agotador.

Las calles como en muchas ciudades de India eran un caos, debía mirar hacia todas las direcciones para no tropezarse con vacas, bicicletas, motos, elefantes, camellos, autos y rickshaw.

La pobreza se hace parte del lugar, pero sin duda alguna lo que más llama la atención son las sonrisas de las personas acompañadas de sus vistosas vestimentas. Saris de todos los colores imaginables, impecablemente brillantes y eléctricos aportan a la belleza de la mujer de Rajastán.

La comida era vegetariana como en el resto del país, la carne de cualquier animal comestible está destinada a las personas con mayor poder adquisitivo debido a su alto costo.

Los restaurantes  estaban dispuestos para el deleite de sus comensales. Sentada en la mesa tenía una especie de bandeja con varios pocillos a mi disposición, de pronto se acercó un muchacho con vestimenta nativa de Rajastán en la que sobresalía un  gran sombrero de diversos colores,  me acercó una vasija de agua y lavé mis manos para comenzar a comer.

Un garzón me preguntó que deseaba comer  y le respondí todo lo que tenga en su canasta, mi plato finalmente tenía porotos, papas, arvejas, lentejas e incluso una especie de pebre en base a mango, el fruto nacional de India.

Todo aquello prolijamente preparado y con un sabor que deleita todo tipo de paladar. El acompañamiento para aquellos manjares fue arroz blanco y chapati, un pan sin levadura que cocinan en discos de hierro calentado por el  fuego.

Pagué menos de cuatro dólares por aquel deleite y salí del restaurante tocando un disco  que produjo un gong, fue así como todos los garzones al unísono lanzan un sonido de felicidad por el comensal.

Posterior a mi almuerzo decidí caminar un poco por las calles de Jaipur, visité el mercado local y me encontré con una de las atracciones más fascinantes. Un encantador de serpientes que por el pago de unas cuantas rupias hace bailar a sus cobras, permite que se acerquen a ellas e incluso acariciarlas.

Visitar Jaipur fue una experiencia increíble, el desierto sorprende con sus colores, sabores y tradiciones. Así como también hace soñar y recordar cuentos de niños al encontrarse con personajes mágicos como el encantador de serpientes.

Publicado el 05.08.2009