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Análisis de Bebestibles

Un Lunes en Boliche

Aquella noche buscaba un espacio donde la tranquilidad estuviera aliada a la música suave, al pop refinado y los sonidos oscuros de cierto tipo de electrónica, y eso fue lo que encontre en este lugar, que poco a poco se fue poblando con grupos de hombres y mujeres que a juzgar por sus caras, deseaban lo mismo.

La oferta para salir a disfrutar de buena comida, bebida y música durante un lunes no es muy amplia. Algunos locales que abrían sus puertas al comienzo de la semana, las han cerrado, no obstante Boliche -unos de los bares más concurridos de la ciudad- ha logrado posicionarse a través de años de esfuerzo e historia, como uno los lugares privilegiados donde llegan clientes durante toda la semana.

Boliche es un lugar que personalmente me gusta mucho, allí suelo encontrarme con amigos durante los viernes o sábados, sin embargo acudir el pasado lunes, fue una experiencia nueva y digna de recomendar.

Me acerqué a este pub a las 21.00 hrs. En punto y desde la vereda de enfrente pude observar que en su interior ya había movimiento. Al subir por la escalera me encontré con oficinistas y ejecutivos jóvenes que al parecer realizaban tranquilos after office, además de algunas parejas y hombres solos que degustaban tablas acompañadas de las infaltables cervezas.

Al instalarme en la barra, inmediatamente pedí un daikirí frutilla, cóctel del cual he confesado ser un gran fanático. En esta ocasión corroboré la simpatía que siento por el sabor del ron blanco con jugo de frutilla, sobre todo si viene en vaso ancho y con una cantidad de alcohol generosa donde se percibe el equilibrio de sabores.

Aquella noche buscaba un espacio donde la tranquilidad estuviera aliada a la música suave, al pop refinado y los sonidos oscuros de cierto tipo de electrónica ,y eso fue lo que encontre en este lugar, que poco a poco se fue poblando con grupos de hombres y mujeres que a juzgar por sus caras, deseaban lo mismo.

Mientras oía a músicos como Bjork, Cibo Matto y Massive Attack, llegó a mi mesa una porción de pastel de jaiva de gran tamaño. El contenido venía en un recipiente con forma de riñón y éste sobre un plato cuadrado. La preparación venía cubierta de queso gratinado y al hundir el tenedor en ella, aprecié trozos de jaiva que se deshacían suavamente. En boca, el sabor era exquisito.

Me da gusto saber que aún existen lugares donde se preocupan que el cliente quede completamente satisfecho. Lo digo porque en más de una ocasión me he sentido estafado al comer este plato, ya que ha sido más pan que jaiva. En Boliche sucede todo lo contrario.

En el momento en que terminaba de disfrutar de mi de deliciosa cena -que perfectamente puede ser para dos e incluso tres personas- una amiga llegó acompañada de un joven coreano e inmediatamente se unieron a mi mesa. Allí supe que aquella era la primera vez que Tommy (así se llama el coreano) venía al local y por lo que me comentó, se llevó una estupenda primera impresión por el estilo rústico que presenta Boliche.

Tommy resultó ser un cosmopolita arquitecto y me dijo que le gustó mucho el intenso rojo de las murallas y sobre todo el collage pop dispuesto sobre ella. La decoración algo sobrecargada del lugar en ningún momento roza lo kitsch, sino que celebra el buen gusto.

Ellos ordenaron una tabla de quesos de generoso tamaño y cervezas, yo seguí con los productos del mar y pedí unos ricos rolls rellenos con camarón, queso crema y pimentón. La charla fue cada vez más amena y las cervezas llegaron en cantidad. Mientras tanto escuchábamos el sonido alternativo de R.E.M, el pop orquestado de Nouvelle Vague y la elegancia de Télépopmusic.

Publicado el 11.06.2009
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